Dice A que toda la Ciudad Vieja entra dentro del llamado East Jerusalem,
que se traduce como Este de Jerusalén pero que denomina la parte que a los
palestinos les gustaría tener como su capital en la situación ideal – para
ellos, no para el Estado de Israel – de una Jerusalén dividida entre
Israel y Palestina, una vez que Palestina sea reconocida como país o al
menos tenga cierta autonomía. Así que casi todos los turistas estamos
hospedándonos en la ‘parte mala’ de la ciudad.

A se va de Jerusalén a sus asuntos y yo me quedo haciendo turismo. Me
dirijo hacia el monte Zion buscando la tumba de David y el Cenáculo –
donde ocurrió la Ultima Cena de Jesús con sus discípulos. Me pierdo por un
parque natural y al rodear una escuela de “estudios de tierra santa” me
encuentro con un edificio de piedra en medio de la vegetación con una
abertura de arco en su base, sin puerta, y me pregunto qué hará una casa
tan abierta en medio de la nada. Atisbo dentro y al ver que no hay nadie
me aventuro de una sala a otra; al cabo de dos o tres salas veo un cartel
que dice “Tumba de David”. Saco algo de vídeo hasta que me encuentro que
en un pasillo hay unos hombres sentados contra la pared. Me preguntan que
de dónde soy (ya me estoy cansando de esta pregunta) y me dicen que entre
corriendo a la tumba, que van a cerrar ya (mentira). Uno de ellos me
acompaña; cuando entra en lo que parece ser la sala más importante se
acerca un grupo de turistas que se para cuando entra él para dejarle
pasar. Me paro yo también porque no sé muy bien cómo va esto de las
preferencias entre hombres y mujeres en los lugares judíos; en los
musulmanes quien ha de esperar es la mujer, y se espera de ella que ande
un paso por detrás del hombre incluso si es su marido. Me dice el guía del
grupo: “Entra, te estamos esperando”. Ahora sí.

Entro y resulta que hay un camino para hombres y otro para mujeres. El que
quiere de hacer de guía me dice algo y le contesto que estoy bien, gracias
– espero que entienda que no quiero un guía. Entro yo por el pasillo de
las mujeres y entran ellos por el de los hombres; al cabo de un ratito se
me unen unas mujeres indias con su saris, sus velos en la cabeza y sus
cámaras digitales (yo también saco fotos con mi cámara digital).

Lo que se supone que es la tumba de David está dividido en dos partes por
un panel, para que una mitad la visiten los hombres y la otra mitad la
visiten las mujeres sin tener que mezclarse.

En la parte de arriba está el Cenáculo o sala de la última cena, donde se
nos vende que también ahí se presentó Jesús a sus discípulos después de
resucitado, donde ocurrió Pentecostés y donde nació y vivió la iglesia
primitiva. Personalmente, y dada la historia de este y otros lugares
santos, mucho acontecimiento para una sola estancia me parece, pero en
fin. Si por lo menos te dijeran que la sala está, o tiene la apariencia,
como estaba en aquella época, pues serviría para hacernos una idea. Pero
es una reconstrucción medieval y supongo que en aquella época tendría
bastantes más muebles – la sala en su presente estado está más que vacía,
desnuda y fría, toda de piedra. Me siento en unas escaleras de la sala a
descansar y a leer la guía turística (que también tiene secciones de
historia y arqueología). Mientras otros turistas entran, hablan, escuchan
a guías y salen, yo me entero de que entre las tres religiones monoteístas
ha habido un tira y afloja casi continuo por el control de este sitio, en
ocasiones quitando una secta el control a otra y destruyendo todo el
edificio con sus reliquias dentro para construir su propio templo sobre
sus ruinas. Me da la impresión de que en estas trifulcas se utilizaba
mucho eso de que “aquí sucedieron estos tantos acontecimientos
importantísimos” o “ah pero aquí está enterrado David” para ganar el
argumento por el control, cuando argumentaban.

Hoy en día todos estos lugares, al menos los católicos que estoy
visitando, tienen bastante poco de religiosos y bastante mucho de
turísticos. Quiero decir que no son lugares que inviten a rezar, hay
demasiado trajín de turistas que, como vienen para unos días, llegan,
esperan (según en qué sitios) hablando en alto de cualquier cosa, entran,
echan la foto y se van; siguiente atracción turística, por favor.

Personalmente encuentro que invita mucho más al recogimiento el parque en
el que me he perdido para llegar hasta aquí, y, la verdad, para encontrar
un parque como ese no se necesita venir tan lejos…

En cualquier caso, y ya que estoy aquí, sigo con el ‘tour’. En el mismo
complejo de jardines y patios y edificios está el memorial por las
víctimas del holocausto, que es simplemente una salita toda de piedra
(como todo aquí, parece) blanca, con un señor viejito que da velitas a
cambio de una donación y con una especie de altar a la altura de la
cabeza, pequeño; justo da para poner las velas sin que se ennegrezca la
piedra. Nada más. Pongo la vela con la intención de que sea por todas las
víctimas de todos los holocaustos y me largo – siguiente atracción por
favor.

Me dejo llevar por cualquier camino que no haya visto antes y acabo en un
aparcamiento – de aquí, es decir de todos estos autobuses, parecen haber
salido todos esos turistas. Saco fotos de unas vistas que me parecen
impresionantes – todas las laderas de varios montes cubiertas de casitas
blancas diminutas que desde aquí casi pasarían por chabolas, miles de
ellas – y me voy. Esto es el Este de Jerusalén.

Salgo por una carretera diminuta que hace unas curvas muy cerradas y
cuando ya bajo por la carretera me doy cuenta de que eso era otra de las
puertas de la muralla, la Zion Gate. Mi idea era bordear la muralla por
fuera para llegar a la siguiente puerta, la Dung Gate, pero me encuentro
casi sin darme cuenta ‘sobre’ la muralla, que en esta parte es mucho más
baja y estrecha y oscura; a mí me parece que es más antigua que en el
norte y en el oeste, por ejemplo – esto es el sur/este de la muralla. Sigo
sacando fotos del paisaje, entre ellas una de la cúpula de la roca – desde
donde cree la religión musulmana que Mahoma ascendió a los cielos – y por
fin llego al final de esta carretera tan empinada, que desemboca en una
especie de control policial para pasar a la explanada del templo y el muro
de las lamentaciones.

Casi toda la gente que entra lleva la cabeza cubierta, algunos son judíos
ortodoxos, con sus abrigos y sombreros negros. Aminoro la marcha
discretamente esperando ver a algún turista, y cuando veo que dejan pasar
a un grupito con cámaras al cuello, me voy tras ellos. De nuevo, los
hombres tienen una entrada y las mujeres otra; nos miran los bolsos y nos
pasan por puertas de las que pitan. Una vez dentro leo las normas de
comportamiento. A partir de este momento y durante todo el resto del día
empiezo a ver a gente armada por todas partes (y no es paranoia), bien
vestidos de militares con metralletas normales, o un poco más de paisanos
con armas raras como la descrita anteriormente. Pero la gente pasa de
ellos, parece que son conscientes de que estas armas son para protegerles
‘a ellos’, no para protegerse ‘de ellos’ que es lo que se siente en la
puerta de Damasco, por ejemplo.

Una vez que se entra, la explanada se divide en cierta manera en tres
partes. La más alejada del Muro de las Lamentaciones es la que está llena
de turistas, es decir que tiene poco interés para los judíos que vienen
aquí – éstos sí – por motivos religiosos. Luego está la explanada que se
usa propiamente para rezar. Esta explanada está dividida a su vez en dos –
sí, hombres y mujeres. La parte de los hombres está limitada de un lado el
Muro, de otro un edificio donde hay una puerta que es de donde salen y
entran los hombres que hay allí, de otro una valla que en la parte de
arriba tiene una rejilla como la de los confesionarios antiguos católicos,
por donde se confiesan las mujeres, y del otro una verja más alta sin
rejilla, que es la que da a la parte de la explanada junto al muro
reservada a las mujeres. Se ve gente – mujeres y algún hombre turista –
subida a sillas para poder ver lo que pasa ahí dentro. Hay muchas mujeres
rezando frente al muro, algunas de pie, otras, sobre todo jóvenes (algunas
niñas), sentadas. Casi todas tienen los ojos cerrados, algunas lloran,
otras leen versos de un libro pequeñito, y todas se balancean de delante a
atrás, rítmicamente.

Resulta que este Muro de las Lamentaciones es en realidad el único muro
que queda del “Segundo Templo”, que se levantó sobre las ruinas del de
Salomón. “Oficialmente” es el Muro Oeste. Al otro lado, es decir donde
antes estaba el Templo, se levanta ahora la mezquita con la cúpula de la
roca – o un compendio de mezquitas, no estoy muy segura.

Cuando salgo de ahí intento encontrar tal mezquita con la intención de
visitarla pero, según el mapa, una vez fuera debería torcer a la derecha,
y todas las callejas hacia la derecha son sucias, solitarias y oscuras,
así que sigo avanzando hasta que me encuentro en la Via Dolorosa, frente a
la puerta de San Esteban (Lions Gate), que es la que da al Monte de los
Olivos. Como esa era mi siguiente atracción turística/visita en mi
itinerario y empiezo a estar cansada, decido dirigirme allí en vez de
seguir vagando buscando una entrada a la mezquita.

En este monte hay varias iglesias a las que, a falta de un buen mapa y
sobre todo a falta de un alma que hable inglés en varios kilómetros a la
redonda, no puedo llegar. Me meto en cambio por unos caminos que creo que
llevan a la vegetación del monte y acabo primero en un cementerio musulmán
y luego en un cementerio judío. Ambos dos sin un solo árbol, bajo un sol
abrasador ya de mediodía. Cuando encuentro un poquito de sombra me siento
y los únicos olivos que alcanza mi vista son los del valle, allí metidos
entre este monte y la Ciudad Vieja de Jerusalén, que también está sobre un
monte – bueno, hoy en día sobre varios, que el Golgota o de la Calavera es
otro monte distinto y aunque ahora está dentro de la Ciudad Vieja antes
estaba fuera y era un despoblado. No se ve ningún acceso al valle este
lleno de olivos y tampoco parece muy seguro bajar hasta allí yo sola, así
que bajo a la carretera, y luego por el camino de piedra que sigue
bajando. Me encuentro dos monolitos encajados en la roca del monte, que
luego resultan ser tumbas; doy la vuelta a uno de ellos. En la parte de
atrás hay unas cuevas y grutas llenas de basura (hay una silla de plástico
y otra de ruedas, las dos rotas en medio de un montón de basura) y huele
mal – sí, aquí la gente también mea en sitios como éste. El monolito en sí
se nota que fue un monumento importante en su tiempo, todo de piedra
compacta sin ninguna puerta, pero ahora está que se cae. La piedra está
corroída por muchas partes y el suelo está cubierto de arena, tierra y
basura.

Me siento de nuevo algo insegura en este sitio tan apartado y solitario y
vuelvo al camino, que ahora sube del valle a la muralla y a la ciudad.
Encuentro un mirador y con su ayuda y la de la guía identifico la Iglesia
de la Magdalena, la de Todas las Naciones y la de “Dominus Flevit” (el
señor llora; es una iglesia construida en los años 1950 en el sitio donde
se supone que Cristo lloró por la futura destrucción de Jerusalén, según
se dirigía a su propia entrada triunfal en la ciudad). También me doy
cuenta de que los monolitos son tumbas de profetas, entre ellos Zacarías.

Con los pies más que molidos me dirijo a la puerta más cercana y por la
vía más rápida llego hasta mi casa. Los tenderos me siguen preguntando de
donde soy (ahora ni siquiera me ofrecen entrar, saben que la respuesta es
fácil y rápida, así que me preguntan eso de forma que no pararme sería
rudo). Estoy demasiado cansada de caminar y de las preguntas, así que paso
ya de formas y contesto: “de allí” y señalo el final de la calle, donde
está mi hostal. Me contesta que él es de aquí pero yo ya me he ido. Otro
tendero me dice que me reconoce de otros días y me pregunta cómo estoy. Le
digo bien, gracias y me sigue hablando; le digo que lo siento y me largo.
Imagino que estaré cogiendo fama de borde en el vecindario, aunque me
pregunto si la gente se acordará de la cara de una turista como yo.

Llego a mi calle y me pregunta el de la tienda de al lado de mi hostal que
cómo estoy; de nuevo contesto rápidamente que bien y me pregunta dónde
está mi amigo. Así que me vio ayer con en compañía masculina y hoy me
pregunta dónde está. Empieza a molestarme la curiosidad de esta gente – en
realidad de estos hombres, porque todos son hombres. Supongo que de una
mujer no me lo tomaría tan mal, pero de todas formas no se ve ninguna por
estas calles! Y si se viesen, dudo muy mucho que me hablasen. En Londres
los tenderos me preguntaban qué me había pasado, cuando me veían con el
brazo roto; mi tendera más habitual me pregunta dónde he estado cuando
deja de verme unas semanas, y “seguro” que se muere de curiosidad cuando
me ve en compañía masculina. Pero nunca me preguntan más allá de lo
cordial, y cordialmente respondo yo, casi siempre con una sonrisa; a la
tendera puedo hasta contarle la última parte de mi vida si no hay cola,
porque se las arregla para que parezca (puede que incluso sea verdad) que
se interesa por mí. Pero esto me saca de mis casillas. No es solo que
quieran meterte en su tienda para que les compres cosas. Es que al ver que
no lo consiguen, idean otras tretas, que me hacen pensar que ‘no solo’
quieren meterme en su tienda para que les compre cosas. Es la sensación,
desde el primer atento señor, y pasando por el que me llevó a su tienda
con la promesa de poder hacer una llamada desde allí, de que te dicen una
cosa y luego es otra, par acabar haciendo algo que nunca dije que quisiera
hacer – ir a la Tumba, beber té – y tener que poner una la energía para
decir que no. Sí, ya sé que es el choque cultural. En mi cultura es el que
necesita algo quien ha de dar el primer paso (“Me lleva a la tumba, señor?
Me da té?). Aquí no es que te ofrezcan, es que te empujan a que aceptes
algo incluso dando la impresión de que si lo rechazas les estás
ofendiendo, y tienes que poner una la energía y el tacto para 1. darte
cuenta de no deseas lo que está pasando 2. idear la manera de salir de la
situación sin “ofender”, 3. rechazar su insistencia con una sonrisa y
marcharse graciosamente.

Pues no señor, ya me he cansado. No tienen derecho a hacerme ir a un sitio
a donde no quiero ir, o a hacer algo que no quiero hacer, en primer lugar.
Quizás sea demasiado cerrada y no acepte el hecho cultural diferente.
Tendré que consultarlo con otros occidentales cuando tenga ocasión, aunque
me da la impresión de que los hombres no se ven sometidos a semejante
tratamiento aunque parezcan más turistas que yo.