Recibo una llamada diciéndome que hoy tendremos la visita de E., un activista israelí que viene aquí regularmente a recoger información sobre incidentes de los que hay que informar y, en general, a dar apoyo moral. Será un cambio que espero con anticipación: podré tener una conversación en inglés, después de dos días de hablar palabra a palabra y de entenderse por gestos.

E. viene con un periodista irlandés que me hace un montón de preguntas mientras E. habla con la gente del pueblo en árabe. Está claro que el periodista no tiene ni idea de qué va esto. Hasta me pregunta si no tengo miedo de estar yo sola con tantos palestinos. Cuando me repongo de semejante pregunta y logro entender de qué va, le respondo: “Mire, nos veneran. Lo único que me hace sentirme insegura es ese puesto militar de allí y los colonos que habitan los tres asentamientos que no podemos ver”. Ni siquiera sabe dónde están los asentamientos, lo que hacen allí ni lo que hacemos nosotros aquí. Pero no ha venido a ver cómo es la vida cotidiana aquí. Él ha venido aquí solamente a sacar fotos de las pruebas de los incidentes de los que el primo de H. hablaba antes, así que ni me escucha, y me corta la explicación para preguntarme qué vi yo cuando los colonos quemaron los olivos. Sólo me da tiempo a decirle que no estaba aquí, y me da la espalda en el medio de mi frase, ignorándome ya.

E. se lleva a su periodista al campo donde los colonos israelíes han quemado recientemente todos los olivos, que eran buena parte del sustento de la aldea, y ese es el final de la visita de esta semana.