Imagínate que vives en constante tensión. Imagina que no hay ningún sitio seguro donde vives y que nunca te puedes ir en paz a dormir. Imagínate que esta noche, mientras te estás quedando dormido, oyes a alguien en la puerta de tu casa pidiendo que abran. Imagínate que la persona con la que vives, tu mujer, tu compañero de piso, tu madre… se levanta y abre la puerta. Imagínate que quien entra es otra persona que vive contigo; tu hijo, la novia de tu compañera de piso, tu padre… e imagínate que ahora, al saber que todos los que viven en tu casa han llegado por fin al final del día, sólo ahora sabes que toda tu familia han vivido al menos un día más.

Pero imagínate por un momento que quienes llaman a la puerta no son gente que viven contigo, sino soldados, que vienen a por ti, a por tu mujer, a por tu padres, a por tus hijos. Imagínate que nunca puedes dormir tranquilo pensando que pueden venir en cualquier momento. Imagínate que cada vez que alguien llama a la puerta, toda tu familia salís al salón aterrados, mirándoos a lo ojos, unos a otros, decidiendo quién abrirá…

J. y A. se fueron ayer, con los demás activistas, israelíes y extranjeros, que vinieron sólo para la manifestación. Unos pocos de nosotros nos hemos quedado para «cubrir» las posibles incursiones y redadas.

Es noche cerrada cuando dos de los demás que se han quedado con nosotros vuelven a casa y se encuentran con la puerta de la calle cerrada. Dan la vuelta a la casa hasta que encuentran una luz encendida, la mía. Me llaman con los nudillos en la ventana y me piden que les abra. La puerta hace bastante ruido, a pesar de que intento abrirla en silencio. No hemos llegado aún a nuestras habitaciones cuando vemos al vecino de arriba bajando con expresión de espanto.

«¿Quién ha llamado a la puerta?»
«Nosotros.»
«¿Nadie más?»
«No, nadie más. Llegamos ahora, sentimos haberle molestado a estas horas.»
«No es molestia. He pensado que eran soldados.»